Sorprendida, abrió los ojos desmesuradamente, no daba crédito a mis palabras, pero yo no podía ignorar la sensación de desagrado que se había apoderado de mi cuerpo cuando ella hablaba.
Aquel hombre se había convertido en su juguete, lo había utilizado a su antojo y sin reparo, para desecharlo cuando ya no creía ni útil ni necesario.
Estaba consciente del amor del joven hacia su esposa y de su sufrimiento ante el rechazo y las palabras hirientes de ella. Quizás el egoísmo de la fémina no le