Abrí los ojos, estirándome en la inmensa cama matrimonial y vi hacia mi lado el cuerpo familiar y deseado de mi chico. Fue una noche intensa, de promesas, besos y caricias compartidas. Era su día de descanso y se veía tan hermoso dormido que, con un movimiento delicado y casi imperceptible, dejé un beso en su mejilla derecha. Me levanté y tomé una larga ducha. Debía trabajar y necesitaba estar relajada para recibir a mis pacientes.
Puntual atravesé el umbral de mi consultorio donde ya se enco