Carlos asintió ante mis palabras, sabiendo que, ante una decisión tomada, no existían sacrificios con resultados positivos.
- No puedo dejar solo a mi hijo, es un niño traumado por la pérdida de su madre, que era su sostén y no puedo fallarle.
- ¿Aunque te cueste el matrimonio? - preguntó decepcionada, pero no arrepentida.
No había amor en esa relación, al menos no en ella y eso me frustraba, porque la base fundamental de una relación consensuada era precisamente el amor, pero, su pregunta, no era simplemente una exigencia que trasmitía un rechazo hacia el pequeño, sino una demanda, reclamando un control que se había perdido.
- Marlene - llamé con firmeza - ¿Qué es lo que más amas de tu esposo?
Durante algunos minutos el silencio incómodo invadió la habitación, permitiéndome corroborar la idea de su frialdad, luego de pensarlo, respondió con aplomo, pero midiendo sus palabras.
- Es un buen hombre, con él tengo estabilidad.
¿Estabilidad ? Era evidente, no se trataba de la preoc