Un calor reconfortante me envolvía. Un peso agradable, pesado, me mantenía anclada. Abrí los ojos, perezosa, para encontrarme atrapada. No, no atrapada. Abrazada. Unos brazos fuertes, demasiado fuertes, me oprimían contra un torso duro como una tabla.
—Mmm... qué calor —murmuré, aunque en realidad, la sensación era embriagadoramente placentera. Mi espalda estaba pegada a su pecho y su brazo me cruzaba por el estómago, sujetándome con una firmeza que me hacía sentir segura, pequeña.
Un sonido