El reloj marcaba las ocho y media cuando todos se reunieron en el comedor principal. La mesa estaba impecablemente puesta: candelabros altos iluminaban con una luz cálida, los platos brillaban bajo los reflejos del cristal, y el aroma de las carnes y especias recién servidas se mezclaba con el perfume de las flores que adornaban el centro.
El ambiente parecía tranquilo, casi familiar, pero en el interior de Logan el caos seguía ardiendo.
Estaba sentado en una de las esquinas de la mesa, con