De pronto Logan se encontró con un callejón sin salida, una pared alta llena de ladrillos y sin escapatoria.
—¡Maldita sea! —gruñó bajándose de la moto. Se quitó el casco y lo sostuvo con fuerza; esa sería su única arma para defenderse.
—Te lo dije, Smith —escupió uno de los hombres que lo perseguían, caminando hacia él—. Este mundo es un maldito pañuelo y no te ibas a librar de mí tan fácilmente.
Los demás también bajaron de sus motos, rodeándolo poco a poco.
—Han pasado cuatro años, pero sigu