Nathan había salido del hotel con la mandíbula tensa, aún con el sabor amargo del whisky y de la conversación con Kai en su boca. La ciudad ardía en luces y movimiento, pero dentro de él solo reinaba una tormenta de contradicciones. Encendió el motor de su coche negro, un vehículo imponente que rugía como un animal salvaje.
Cerró la puerta con brusquedad y, al instante, un puño contra el volante le arrancó un dolor punzante en los nudillos. No le importó. La adrenalina que corría por sus venas