Los días en el apartamento de Francia habían adquirido una rutina extraña, casi doméstica. Cipriano se había instalado con una determinación que rozaba lo obstinado, convirtiendo el espacio minimalista en un territorio ocupado por su presencia. Su chaqueta colgaba en el respaldo de la silla de la habitación. Su olor a madera y peligro impregnaba las sábanas, las paredes, el espacio en sí. Sus zapatos, alineados junto a la puerta como si tuviera intención de quedarse.
Y yo, entre vendas y moreto