La sala de reuniones estaba llena. Todos mis capitanes, Ottavio al frente, esperando. Los rostros serios, las miradas duras.
Lo ocurrido en la mansión debió correrse como pólvora. Todos debían estar al tanto de lo sucedido. Y en esta organización, la traición no era tolerada.
Me senté en la cabecera de la mesa. Nadie habló hasta que hice un gesto con la mano, iniciando la sesión.
—Quiero explicaciones —dijo uno de los capitanes, el mismo que había enviado a Evangeline al sótano rojo, qui