El llanto de mi hermana me desconsolaba, rompiéndome el corazón en mil pedazos. Me abrazaba con fuerza, su rostro hundido en mi pecho.
Mis ojos estaban bañados en lágrimas, recorriendo mis mejillas, pero no me permití gimotear, sollozar. No podía.
Era su hermana mayor, no podía derrumbarme ante ella, no podía permitir que me viera destrozada.
—¡Papá jamás se suicidaría! —sollozó sin soltarme—. ¡Él no nos abandonaría de esa forma!
No supe qué responderle, no podía hacerlo. No encontraba la ma