Me puse una bata de seda lo más rápido que pude, volviendo antes de que terminaran de destruir todo el apartamento. Incluso tuve que esquivar algunos jarrones rotos.
Por fortuna, todos seguían en una pieza. La tensión continuaba siendo palpable, pero los tres continuaban sentados. Vittoria tenía los ojos enrojecidos y las manos entrelazadas sobre el regazo, como si rezara para que todo terminara bien. Enzo, con su mandíbula manchada de sangre y los nudillos ensangrentados, miraba fijamente a