Cipriano me sostuvo contra su pecho, sintiendo el latido de mi corazón contra el suyo. Su mano seguía en mi espalda, trazando círculos lentos, como si quisiera calmarme con ese simple gesto. Y funcionaba. Por primera vez en mucho tiempo, la presión en mi pecho comenzaba a aliviarse, aunque solo fuera un poco.
No entendía como una persona podía tener tal efecto en mí, pero era tranquilizador.
—¿Te sientes mejor? —preguntó, con la voz aún ronca por el sueño.
—Un poco —Inhalé profundamente, de