—¿Estás herida? ¿Te dieron? —preguntó, sus manos no dejaban de recorrerme, calentando zonas de mi cuerpo que parecían congeladas después de ese enfrentamiento a sangre fría.
Ni siquiera yo podía creer que estuviera viva.
¿Cuántas vidas tenía?
Era la segunda vez que sobrevivía a un tiroteo contra todo pronóstico.
—¡Evangeline, maldita sea! ¡Respóndeme! —gritó, sacándome de mi estado de shock.
Me fijé en sus ojos, los que hace un minuto eran la representación de la frialdad e indiferencia.
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