No le di tiempo para despedirse.
Mis dedos se cerraron en su cabello negro, grueso, perfectamente peinado. Tiré con fuerza y ella chilló. Un sonido agudo, casi de animal herido, que retumbó en el silencio del pasillo. Tan molesta.
—¡Suéltame! —gritó, sus manos intentando arañar las mías, pero no sentí nada—. ¡No puedes hacerme esto! ¡Soy una Moretti!
Disfruté viendo la impotencia y la rabia de Giovanni Moretti. Estaba en una posición de desventaja a pesar de ser el segundo hombre más peligroso