El corazón me latía tan fuerte que era capaz de escucharlo en mis oídos. Las advertencias de peligro inundando mi cabeza.
Él estaba ahí, apoyado en una columna, acechando. Cómo si hubiera esperado toda la noche para atraparme, para alejarme del resto.
—¿Qué quieres? —pregunté, retrocediendo un paso.
Él era el único que sabía la verdad, que estaba al tanto que yo no era más su amante, sino su prisionera cumpliendo su condena. Él sabía mi verdadero apellido, mi venganza. Y aún así, había decid