Arrojó su saco muy lejos, al igual que su corbata.
Sus palabras resonaron en mi cabeza una y otra vez, tratando de procesar no solo lo que decía, sino los latidos desbocados de mi corazón mezclado con algo caliente, líquido, que se extendía por mi vientre como un pecado.
—¿Qué... qué quieres decir? —pregunté. Mi voz sonó más temblorosa de lo que quería.
No respondió, en cambio, sus manos subieron por mis muslos, encontrando el borde del delantal que llevaba sobre el uniforme de sirvienta. La