Antes de poder darme cuenta, estaba contra el suelo acolchado del box y él encima de mí. Sus manos no tardaron en recibirme, en acariciarme, apretarme. Y no era consciente de lo mucho que lo necesitaba hasta que ya estaba gimiendo su nombre.
Era abrumador.
Sus manos cubrieron mis pechos sin ningún pudor, como si estuvieran hechos para él, como si le perteneciera. La presión de sus palmas contra mis pezones endurecidos me hicieron soltar un jadeo.
Él se dio cuenta a pesar de mi camisa, a pesa