••Narra Silvia••
La sonrisa en mi rostro era genuina. La más genuina desde que llegué a esta mansión.
Mirando el reloj de mi muñeca, ya había pasado una hora exacta desde que la sirvienta le dio el jugo con el afrodisíaco a esa mujer. Ya debía estar surtiendo efecto.
—Lo hiciste muy bien —Saqué un fajo de billetes de mi bolso, ofreciéndoselo a la sirvienta—. Ahora solo debes mantener la boca cerrada.
Ella mantuvo las manos en la falda de su traje, con la cabeza gacha.
—No necesito eso, mi señor