El profesor llegó a la casa de Abigaíl, su alumna, en menos de tres minutos. Ni siquiera supo cómo, solo aparcó frente a su pintoresca casa y se quedó allí sin saber qué hacer.
Todo había sido parte de un arrebato de sentirse a salvo, contenido entre brazos que, tal vez, no le aportaban ninguna estabilidad.
¡Era su alumna, por el amor de Dios! Se suponía que él tenía que ofrecer la contención, no al revés.
Ya estaba oscuro. A través de las cortinas podía ver las luces encendidas en su casa.
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