Cuando la niñera llegó y también Andrea, quien venía en el coche de su padre, Abigaíl se marchó, fría como un témpano de hielo y con las intenciones fijas, grabadas y memorizadas.
Sabía lo que quería, también lo que necesitaba y esa noche estaba dispuesta a entregarlo todo con tal de ganar.
En el caminó repasó con Andrea algunas tácticas que usaban en caso de que la cosa se saliera de control y se repitieron profesionalmente sus falsos nombres.
Tenían una palabra clave, la que servía cómo cód