Capítulo 20.

El tímido golpe en la puerta me arrancó del borde del sueño. Un gruñido bajo a pocos metros hizo que abriera los ojos de golpe.

Vi a Markos incorporarse en la cama, parpadeando hacia la puerta como si no entendiera por qué había una osa plantada allí a esas horas. Su gesto fue breve; la incomodidad le cruzó la cara por un segundo, y después avanzó hasta la puerta con la misma calma con la que lo tomaba todo.

La abrió de un tirón sin que yo me moviera del sitio. En el umbral apareció un lobo, la luz del pasillo recortando su figura. Traía una bandeja pequeña, la cara pálida, pero hablaba con cuidado, como si temiera despertar demonios.

Se fijó en mí, agazapada en el suelo, y una mueca de leve confusión cruzó su rostro antes de desaparecer.

—Perdone —susurró apenas—. Traje algo caliente...

Markos lo miró con el ceño fruncido, evaluando si el lobo merecía respirar. El lobo bajó la vista un instante y luego levantó la barbilla, como suplicando: “yo tampoco quiero estar aquí”.

—¿Qué quieres? —gruñó Markos.

El lobo sostuvo la bandeja con ambas manos y dejó escapar un suspiro.

—Solo vengo a dejar el desayuno y preguntar si la… la hembra fue servicial.

Markos bufó, pero no lo echó. En cambio tomó la bandeja, la miró un segundo antes de colocarla sobre mi lomo, como si fuera una jodida mesa. Sus dedos rozaron apenas mi pelaje, un instante fugaz que me hizo erizar la piel.

Repulsión. Estaba segura.

—Cómelo tú. Necesitas energía para seguir —gruñó en mi dirección.

Resoplé sin levantarme ni volver a mi forma humana. El aroma de la sopa llegó a mi nariz y, por un segundo, el mundo pareció un lugar menos hostil.

Mi estómago gruñó y Markos recolocó con un suspiro el cuenco frente a mí. Ni siquiera dudé en comer. Era mil veces mejor que la basura que nos daban a nosotras.

—Ella me ha complacido durante toda la noche —dijo entredientes Markos.

—Gracias, Alfa Markos —dijo el lobo antes de cerrar la puerta con cuidado y desaparecer.

Markos volvió a recostarse en la cama, observándome. No dijo nada más; solo me lanzó una mirada que no era ni caricia ni amenaza, algo intermedio, afilado y difícil de leer. Finalmente, se aburrió de verme lamer el tazón y cerró los ojos.

Me quedé quieta un rato más, la bandeja vacía entre nosotros, antes de decidir transformarme.

—He terminado —gruñí, recuperando mi forma humana y estirándome—. ¿Puedo regresar a mi habitación?

Él abrió los ojos y me estudió un instante.

—Tenemos que hablar, pero antes, quiero saber cómo están tus heridas.

—Sobreviviré —respondí, sin matices de debilidad.

La verdad es que había sido golpeada con fuerza y cada movimiento me recordaba el dolor. Durante la noche me pregunté si Kraiven tenía algún rango entre los monstruos del lugar. Si era así, seguramente lo había ganado gracias a su fuerza.

Había sido, sin duda, el Bersaker más duro de combatir que me había tocado en todo este tiempo allí.

—Bien —dijo Markos antes de gruñir—. Gracias a ti, ahora ambos tenemos un objetivo en la espalda. Y, lamentablemente para mí, estoy atado a ti hasta que Kraiven encuentre a otra hembra que le resulte interesante.

Hizo otro gruñido y dejó el antebrazo sobre los ojos, como si quisiera ocultar algo que le pesaba.

—Si no me hubiesen informado de que la única osa en el lugar había hecho enfadar a Kraiven, habría ido por tu cadáver a esta hora. ¿En qué m****a estabas pensando?

Lo miré un segundo, sin mover un músculo. No era sorpresa; ya lo suponía. Sin embargo, tenía que saber más.

—¿Por qué te entrometiste? —pregunté, sin dulzura.

Levantó la cabeza, me clavó los ojos y, con la misma calma cortante que lo acompañaba siempre, respondió:

—Porque ya no me quedan más osos luchadores, por si no lo habías notado. Jubilé al último que, de todas formas, ya no quería seguir luchando. No es fácil conseguir uno, no en los últimos años. Los lobos normales no resisten la fuerza de un Bersaker y para salir de este lugar deben pasar por una prueba de fuerza para saber si están listos para prestar sus servicios al mejor postor.

Así que, gracias a lo que me decía el lobo idiota, podía inferir que mi clan estaba en lo correcto al sospechar que nuestra raza se estaba extinguiendo.

Suspiró, como quien explica una obviedad:

—Eras perfecta para el trabajo. Lo supe desde que vi tanta ferocidad en aquella celda. Creí que me ahorrarías dolores de cabeza, no que me los darías.

Las palabras de Markos iban directas al centro: todo en ese lugar era negocio y utilidad. No había heroísmo en su decisión; solo cálculo. Y eso me daba una ventaja extra: si todo era transacción, podría negociar de alguna forma.

—¿Y qué quieres de mí ahora? Dices que estamos atrapados juntos, pero no entiendo el por qué más allá de que quieras conservarme viva para tus inútiles monstruos — dije, midiendo cada sílaba. No iba a pedir piedad; tampoco me la esperaba. Quería condiciones claras.

Sus labios se curvaron en una media sonrisa que no alcanzó a ser humana.

— Entenderás cuando salgas de esta habitación. Quizá nuestra situación dure una semana, quizá duré meses... Como sea solo esperaré algunas cosas de ti: Obedece y sobrevive. Lucharás cuando te lo ordene. Entrenarás cuando te lo ordene. Protege a tu cachorra de miradas y manos estúpidas, y yo me aseguraré de que no te la quiten por capricho. Es todo.

El silencio que siguió fue frío como las piedras del Coliseo. Sus palabras eran sencillas y brutalmente honestas: protección a cambio de utilidad. Podía aceptarlo, negarlo, o buscar una tercera vía.

Yo pensé en mi hija, en su pecho pequeño y caliente contra mi costado, en los ojos dormidos que se abrían solo para buscarme. Pensé en todo lo que no estaría dispuesta a perder.

—Bien —murmuré al fin, sin emoción pero sin vacilar.

Markos dejó escapar un gruñido que estaba a medio camino entre la aprobación y el alivio. No sonrió. Nunca sonreía de verdad.

—Bien. Entonces puedes regresar a tu habitación.

Me giré hacia la ventana enrejada; el día afuera era un parpadeo frío entre barrotes.

—No sé el camino para regresar.

—Solo ve a la izquierda hasta que te encuentres con algún lobo y dile que eres la nueva hembra de Markos. Te llevará.

Sin más me levanté y casi resbalé. Debajo de mí había una considerable cantidad de sangre. Ahora entendía por qué me sentía un poco mareada.

Salí de la habitación y, efectivamente, cuando encontré a un lobo en la dirección que Markos me indicó, las palabras mágicas fueron "la nueva hembra de Markos".

No solo me llevó a mi habitación, sino que llamó a un curandero para que cosiera mis heridas.

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