Mundo ficciónIniciar sesiónEl bersaker se quedó inmóvil, la respiración pesada y los ojos encendidos como brasas. Durante un largo instante pareció que volvería a lanzarse, pero finalmente levantó la mano con un gesto brusco, declarando su rendición.
—La hembra es tuya.
Su mirada, sin embargo, era pura amenaza, una promesa de violencia contenida.
Markos lo observó con un destello de triunfo apenas perceptible antes de girarse y alejarse de él.
Los abucheos y gruñidos de los Bersakers retumbaron en las gradas, frustrados por no ver sangre... O por no poder "darme una lección" ellos mismos.
Machos idiotas.
Sin siquiera mirarme, Markos redujo su tamaño en un destello de huesos reajustándose, hasta quedar de pie en su forma humana. Su piel aún brillaba con el sudor de la batalla, los ojos azules como brasas encendidas.
Se colocó detrás de mí y me empujó hacia adelante.
—Camina —ladró con un tono cortante, sin darme tiempo a reaccionar.
Después se posicionó a mi lado tomando mi brazo para guiarme.
Comencé a caminar cuando la voz de Kraiven se elevó detrás de nosotros, grave y cargada de veneno:
—Recuerda, Markos… las hembras solo son exclusivas por un tiempo —Su gruñido reverberó como la amenaza que era —. Estaré esperando ese día.
El aire pareció tensarse de nuevo, pero Markos no se detuvo. Ni siquiera giró la cabeza. Solo siguió avanzando, y yo, a pesar de la furia que hervía en mi pecho, hice lo mismo.
Markos me llevó por un laberinto de pasillos sin soltar una sola palabra. El silencio entre nosotros pesaba más que cualquier gruñido; solo el eco de sus pasos, firmes y decididos, llenaba el aire. Cada giro me hacía apretar los dientes, hasta que llegamos a una sección distinta, demasiado limpia para el resto del coliseo: paredes sin manchas de sangre, el suelo menos desgastado, un olor tenue a madera en lugar de metal oxidado.
Sin aviso, abrió una puerta y me empujó dentro.
Era un cuarto pequeño, casi desnudo. Una cama solitaria, un armario raquítico, una ventana cerrada con gruesos barrotes. Nada más.
Escuché el clic de la cerradura al cerrarse la puerta tras de mí y sentí cómo la adrenalina me encendía las venas. Me giré, garras listas para usar en cualquier momento.
Markos no se movió. Permaneció apoyado contra la puerta, los brazos cruzados sobre el pecho, mirándome. No había deseo en su mirada, solo una furia fría, contenida, tan densa que parecía llenar el cuarto. Era la mirada de alguien que pensaba en cómo matarte, no en cómo... tocarte.
Me relajé solo un poco.
—¿Qué tan mal herida estás? —preguntó Markos con los dientes apretados, la mandíbula marcada por la tensión.
No le di el gusto de una respuesta.
Su gruñido retumbó en la habitación, grave y áspero.
—Jodida osa... ¿Se puede saber por qué m****a estabas "jugando" con Kraiven? —escupió mi silencio como si fuera veneno—. Ese bastardo es un jodido sádico, y estaba a punto de matarte.
Lo miré fijo, sin pestañear, sin un solo gesto que delatara lo que realmente sentía.
Markos volvió a gruñir, un sonido más bajo, más peligroso, como si mi calma fuera lo que lo estaba volviendo loco.
Markos avanzó con paso lento, cada pisada un aviso de peligro. Se detuvo a apenas un suspiro de mi rostro, lo bastante cerca para que pudiera sentir el calor de su aliento y el leve temblor que contenía su gruñido.
—Contesta, osa, antes de que se me acabe la paciencia.
Entrecerré los ojos, sosteniendo su mirada como si fuera una prueba de fuerza. Luego los rodé con toda la insolencia que pude reunir.
—No sabía que tenía la opción de no "jugar" con el idiota —espeté, la voz tan filosa como mis garras—. Debí de haberle preguntado cuando me sacó de aquella fría cama con su mano en mi garganta. "Hey, se ve súper divertido que quieras un pedazo de mí después de que desgarres mi piel y que invites a tus amigos para que sea un acto público". Si, muy divertido...
Markos gruñó, la voz áspera como un filo rompiendo el aire.
—Basta —Su mirada se endureció hasta parecer una amenaza hecha carne—. De ahora en adelante vas a callar tu maldita boca si no quieres que alguien aquí te use… o peor, que decidan enviar a tu cachorra lejos para enseñarte una lección.
Cada palabra cayó sobre mí como un golpe. Un nudo de furia me trepó por la garganta, pero lo obligué a quedarse ahí, tragado junto con el rugido que me quemaba por dentro. No aparté la vista, aunque mis garras se clavaron en mis propias palmas para no lanzarme a su cuello.
—Bien —mascullé entre dientes, sintiendo el sabor amargo de la palabra.
—Me alegro de que lo comprendas. —Su tono se relajó apenas un poco, como si acabara de ganar una partida que yo ni siquiera quería jugar—. Ahora, necesito dormir.
Se apartó de mí con la misma calma con la que había lanzado la amenaza. Caminó hasta la cama, se dejó caer sobre el colchón y, sin mirarme otra vez, cerró los ojos como si yo no fuera más que un mueble en la habitación.
—Estás encerrada conmigo hasta mañana por la mañana —gruñó, ya con la voz grave del sueño rondándole—. Te sugiero que tú también duermas… y que ni siquiera pienses en salir de esta habitación. Este pasillo está plagado de Bersakers que no son ni la mitad de amables que yo.
—Mi cachorra.
—Estará bien siempre y cuando obedezcas.
Lo miré en silencio, el corazón latiéndome como un tambor de guerra.
Me limité a quedarme de pie, midiendo cada respiración, mientras la habitación se llenaba del sonido pausado de su respiración pesada.
Después de un rato, me acosté sobre el suelo y cambié dolorosamente a mi forma de oso. Estaba cansada y mis heridas taradarían en sanar mucho más si no descansaba.
Extrañaba el árbol de flores mágicas que ayudaban con el dolor y sanaban cualquier herida.
Cerré los ojos y le recé a Gaia por no morir desangrada sobre el suelo mientras dormía.







