Capítulo 21.

Cuando el curandero terminó de coser mis heridas, los machos salieron de la habitación y quedó solo el silencio, interrumpido por el sonido de las cadenas al volver a su sitio.

Enseguida fui hacia mi hija, que descansaba en los brazos de Selene.

—Mierda… te ves muy mal, osa. ¿Necesitas ayuda? —murmuró.

No preguntó por qué estaba tan herida ni por qué estaba a punto de desmayarme, y eso me gustó.

Negué con la cabeza. Lo único que necesitaba era a mi bebé.

La tomé en brazos y, aunque me pesó un mundo, encontré consuelo en su olor, en el calorcito de su cuerpo contra el mío.

Cuando por fin me tranquilicé lo suficiente, suspiré y acepté lo que había evitado admitir durante todo mi tiempo aquí: si quería salir, necesitaba ayuda.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —murmuré en dirección a Selene.

Ella parpadeó, visiblemente sorprendida. No era para menos: después de todo, yo no era precisamente habladora… y nunca era quien iniciaba una conversación.

Le conté todo lo que había pasado esa noche, sin omitir los detalles más tensos. Selene la escuchaba con los ojos cada vez más abiertos, claramente aún más sorprendida de que me abriera tanto con ella. Las otras tres chicas que compartían la habitación, y que hasta entonces habían fingido dormir, terminaron incorporándose para escuchar también.

Cuando llegué a la parte en la que Markos exigía su derecho, un coro de exclamaciones ahogadas llenó el cuarto.

Aun así, nadie me interrumpió; me dejaron continuar hasta el final, hasta que expliqué que él me había llevado a su habitación... O a la que pensaba que era su habitación.

Hice una pausa, no porque quisiera callar el resto, sino porque un mareo repentino me obligó a apoyarme en la pared. El cosquilleo en mis dedos y el zumbido en los oídos me recordaron la sangre que había perdido en la arena.

Fue Selene quien rompió el silencio.

—Tu pregunta... ¿Es respecto a eso? —preguntó con cautela.

Fruncí el ceño.

—Si. ¿Qué es lo que significa?

La más joven de las chicas, la de cabello negro, negó lentamente.

—Significa que Markos reclamó su derecho de exclusividad.

La miré con leve frustración.

—¿Exclusividad… como si fuera…?

—Como si fueras su hembra —aclaró Selene, bajando la voz, como si las paredes pudieran delatarla—. A menos que le “sirvas” muy bien, cualquier otro Bersaker o lobo de alto rango podría reclamarte igual. Pero si él te mantiene, nadie más puede tocarte sin su permiso.

Otra de las chicas, de mirada amarga, añadió:

—Hay una parte peor. Si eres exclusiva, esperan que le des un cachorro a la organización. Debes… complacerlo cada vez que te lo pida. Mantenerte limpia, presentable… a menos de que él ordene lo contrario.

Dejé escapar un suspiro que no era alivio exactamente, pero sí una grieta de tranquilidad.

—Eso… no será un problema.

Las tres me miraron, confundidas.

—Soy estéril —dije con frialdad.

El silencio que siguió fue pesado. Selene finalmente tragó saliva.

—Eso puede ser bueno… o muy, muy malo si alguien se entera. Dices que no llegaron a examinarte, ¿No es así?

Asentí.

—Si soy estéril... ¿No puedo ser exclusiva?— pregunté con curiosidad.

Ellas negaron con la cabeza y murmuraron que las estériles aquí no tienen ninguna función más allá de ayudar a limpiar.

—Los Bersakers solo follan para tener hijos. Los lobos normales que viven aquí follan porque quieren hacerlo.

Ahora mismo ese detalle me era irrelevante.

Respiré hondo, intentando no pensar en el siguiente golpe de realidad.

—¿Y mi hija? —pregunté al fin.

Las tres intercambiaron miradas incómodas, la respuesta clavándose en el aire antes de ser pronunciada.

—El destino de tu pequeña… lo decide Markos —dijo Selene, apenas audible—. Te la podría quitar ahora mismo para que te "concentres" en un nuevo bebé. O te la podría dejar a cambio de que seas más... Sumisa en la cama.

Todas regresamos a nuestras camas en silencio, cada una envuelta en sus propios pensamientos. Yo acomodé a mi hija a mi lado y, pese al dolor que me atravesaba cada músculo, caí en un sueño pesado. No supe nada más hasta que un golpe en la puerta nos despertó. La rutina había empezado otra vez.

Ese día me asignaron limpiar los pasillos de una zona común. El olor a humedad y el jabón me mareaba, y las heridas cosidas ardían como si me hubieran puesto brasas bajo la piel. Tuve que detenerme varias veces para no caerme de bruces debido a la debilidad extrema. En uno de esos descansos, un movimiento a mi derecha me tensó los músculos.

Kraiven.

Apareció con esa sonrisa torcida que me revolvía el estómago. Se detuvo frente a mí, olfateando el aire como si pudiera saborear mi agotamiento y debilidad.

—Qué espectáculo el de anoche —murmuró con un tono que me hizo querer sacar las garras—. Me pregunto cuántas cosas divertidas podré hacer contigo cuando Markos pierda interés.

Se inclinó apenas, su voz áspera casi rozándome la oreja.

—Te enseñaré cosas que te harán suplicar por más… aunque al principio vas a llorar.

Cada palabra era veneno. Me obligué a mantenerme firme, sin mostrar ni miedo ni asco. Sabía que si reaccionaba le daría lo que buscaba. Kraiven soltó una risa baja, se enderezó y siguió su camino, sus pasos resonando como un recordatorio de lo cerca que estaba el peligro.

Terminé mi turno con las tripas revueltas y apenas las fuerzas para arrastrar los pies hasta la habitación. Cuando entré, Selene estaba sentada en su cama con Nara jugando con un trozo de tela, y Marla, la tercera compañera, miraba hacia la ventana.

—Necesito saber algo —dije sin rodeos—. ¿Qué saben de Kraiven? ¿Creen que se repita lo de los pasillos?

Las tres se miraron antes de que Selene respondiera.

—Es el encargado de “convencer” a las hembras para que cooperen en el laboratorio. Tiene rango… pero nada que se compare con el de Markos.

—Kraiven disfruta quebrar a las que no obedecen —añadió Marla con una mueca de disgusto.

—Hablan sobre permisos para tocar pero, ¿Puede tomarme? ¿Relamente Markos está más arriba en rango que él?

—Markos es quien entrena a los nuevos Bersakers y decide quién vive para ser… usado.

Nara jugueteó nerviosa con la tela.

—Si Markos te reclamó, Kraiven no puede tocarte sin buscarse problemas. Pero… —bajó la voz— no significa que no intente asustarte.

Saber que Kraiven no podía ponerme un dedo encima mientras Markos me mantuviera bajo su sombra no era el consuelo que debería ser. Mi instinto me gritaba que me mantuviera lo más lejos posible de él, que su simple presencia era un peligro que ninguna regla iba a contener por mucho tiempo.

Aunque me dolía admitirlo, en este momento no estaba en las mejores condiciones para defenderme y tendría que depender enteramente de la reputación de Markos.

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