Mundo ficciónIniciar sesiónHabiendo entrenado con algunos Bersakers recién convertidos, conocía dos verdades irrefutables: uno, tenían un temperamento explosivo; dos, su fuerza equivalía a enfrentarse a cinco osos machos adultos en plena furia.
Y el que tenía delante no olía a novato. Cada músculo de Kraiven vibraba con la experiencia de alguien que había sobrevivido a demasiadas peleas, y eso significaba que el impacto de su embestida me dolería incluso con mi cuerpo humano.
Hasta ese momento, me había negado a transformarme. Mi forma humana era rápida, escurridiza; en cambio, como osa ganaba poder bruto, pero perdía la agilidad que necesitaba para esquivar a esas bestias.
Sin embargo, la mirada incandescente de Kraiven y la presión del aire que rugía con su salto no me dejaron más opciones.
Mi rugido brotó como un trueno, haciendo vibrar la arena.
Para cuando Kraiven descendía sobre mí, ya era una muralla de garras y colmillos.
No retrocedí.
Me lancé hacia él con todo el peso de mi nueva forma. La colisión fue brutal, un estrépito de carne, hueso y arena que hizo callar por un instante a la multitud.
El grito retumbó en las gradas como un disparo.
—¡Joder, es una osa!
La multitud rugió con carcajadas y comentarios asquerosos, celebrando cada centímetro de mi pelaje, cada movimiento de mi cuerpo como si fuera un espectáculo privado. Los ignoré. No había tiempo para colmillos dedicados a nadie que no fuera el Bersaker frente a mí.
Kraiven se lanzó de lado. Sus garras negras brillaban con una humedad mortal mientras raspaban el suelo de arena, levantando polvo y piedras.
Aproveché el momento, bajé mi centro de gravedad y arremetí con la potencia de un tren enloquecido.
Kraiven rodó hacia atrás.
—¡Vamos, mueve esa colita! —gruñó, los colmillos reluciendo bajo la luz—. Muéstrame por qué los osos aún no están extintos.
Respondí con un rugido. Idiota.
Avancé en un zarpazo descendente, un arco de pura furia que hubiera partido en dos a cualquier lobo común.
Kraiven lo interceptó con sus antebrazos, las venas saltando por la tensión. La fuerza de ambos chocando como un trueno, levantando una nube de polvo que obligó a varios Bersakers a apartarse del borde.
Él giró, buscando mi flanco.
Pivoteé con las patas traseras y barrí el aire con mi garra, desgarrando la chaqueta de cuero que cubría el torso del mutante.
La tela se desintegró en jirones mientras la sangre le perlaba el pecho.
Kraiven gruñó, no de dolor, sino de un placer salvaje. Podía verlo en sus ojos... y notarlo en la parte de su anatomía que comenzaba a levantarse.
Asqueroso.
Se impulsó hacia adelante, medio hombre, medio lobo, y me embistió con sus garras por el costado.
Sentí el aire salir de mis pulmones cuando ambos rodamos por la arena, un amasijo de colmillos, garras y músculos.
El suelo temblaba con cada golpe, cada mordida esquivada, cada choque de fuerza pura que arrancaba vítores de las gradas.
Clavé mis garras delanteras en el hombro de él, frenando su empuje.
Él respondió hundiendo sus garras en el costado de mi lomo, apretando hasta sentir el hueso.
Gruñí de dolor y el lobo apovechó para montarse en mi lomo herido y alzar las garras para claverlas en mi cuello.
Entonces, un rugido más profundo y feroz que cualquier otro cortó el aire como un relámpago.
El polvo se levantó en un torbellino, obligándome a parpadear para distinguir qué demonio nuevo acababa de lanzarse a la pelea. Rezaba porque fuera un oponente débil... hasta que lo vi.
Antes de que Kraiven pudiera reaccionar, el recién llegado lo embistió de costado con una fuerza brutal que lo hizo rodar varios metros, abriendo un surco en la arena.
El impacto resonó como un trueno sordo.
En cuanto sentí el peso del Bersaker desaparecer de golpe, sin perder tiempo, retrocedí a cuatro patas, el corazón martillándome en el pecho.
Las gradas, que segundos antes hervían de gritos obscenos, se apagaron en un silencio cargado de tensión.
El recién llegado —otro Bersaker, más alto, más ancho— levantó la cabeza y dejó escapar un rugido que hizo vibrar las costillas de todos los presentes.
Su voz, cuando habló, fue un látigo de autoridad que partió el silencio:
—¡Ejerzo mi derecho por una hembra!
Yo... conocía esa voz.
Markos.
La frase cayó como una sentencia.
Noté cómo varios lobos intercambiaban miradas tensas.
Kraiven se incorporó lentamente, los ojos ardiendo de rabia y sorpresa.
El polvo se deslizaba de sus hombros mientras sus colmillos quedaban al descubierto, listos para una pelea que, por el brillo en su mirada, él tampoco pensaba perder.
—¡No! —bramó Kraiven, la voz reverberando por toda la arena —. ¡Ya usaste tu derecho con otra hembra, Markos!
El gigantesco lobo que era Markos giró apenas la cabeza, con esa calma letal que helaba la sangre. Su cuerpo, en su forma bersaker, parecía un muro de músculos y cicatrices. Se encogió de hombros, los colmillos asomando en una sonrisa burlona.
—Ya está muerta —gruñó, como si hablara de un objeto roto y no de una vida—. Las reglas dicen que puedo reclamar una hembra si no tengo una. Quiero a esta.
Un rugido de furia salió de la garganta de Kraiven, un sonido tan crudo que hizo que varios de los espectadores retrocedieran un paso. Sin esperar más, se lanzó contra Markos con la fuerza de un huracán.
El choque fue brutal: garras contra garras, el eco de huesos estrellándose contra la piedra. Kraiven embistió primero, intentando arrancarle la garganta, pero Markos giró a último momento, desviando el ataque con una facilidad insultante.
Una y otra vez Kraiven atacó, cada golpe más desesperado que el anterior: zarpazos que partían el aire, embestidas que hacían temblar el suelo.
Markos, sin embargo, parecía jugar. Se movía con la elegancia de un depredador, esquivando con apenas un giro de hombros o bloqueando con una sola mano con garras.
Durante dos minutos, la arena se convirtió en un torbellino de polvo, rugidos y chasquidos de garras.
Mientras los machos peleaban, me transformé en humana y traté de evaluar los daños en mi cuerpo.
Sangraba en varios puntos de la espalda, pero solo podía sentir que dolía, no alcanzaba a ver el daño real.
Me elejé de la línea de fuego intentando pasar desapercibida mientras le rogaba a Gaia para sanar rápidamente. O al menos no desangrarme hasta la muerte.
Finalmente, Markos resopló, un sonido profundo que acalló incluso los jadeos de los Bersakers en las gradas. Se enderezó, sin un solo rasguño visible, y miró a Kraiven como si lo estuviera evaluando.
—Ríndete —gruñó, su voz grave y cortante como una hoja de acero—. No puedes ganarme en una pelea, y los dos lo sabemos.
El silencio que siguió fue denso.







