Mundo ficciónIniciar sesiónTenía, siendo generosa, la mitad de probabilidades de salir viva de aquello.
Lo sabía porque los lobos estaban desesperados por conseguir un par de osos para sus entrenamientos. Había escuchado los murmullos: antes de mi llega rotaban a sus osos con demasiada frecuencia, incapaces de encontrar uno que aguantara más de unas cuantas sesiones con el lobo Markos y los idiotas recién transformados.
La mayoría de los osos capturados nacieron en cautiverio, sin un verdadero instinto de lucha... apenas sombras de lo que un Protector debería ser. Los pocos que atraparon en libertad… ninguno era un verdadero guerrero, solo presas grandes con garras.
Cuando me dieron "mi" puesto, el ambiente casi se impregnó de alivio. Al fin tenían un espectáculo decente para calmar a su pequeño ejército... Y a sus compradores humanos.
Así que sí… podía asumir con bastante certeza que mis probabilidades de sobrevivir a la furia del Bersaker que respiraba justo detrás de mí eran, en el mejor de los casos, de un cincuenta por ciento.
Un Bersaker, con una sonrisa torcida que dejaba ver colmillos manchados de saliva, soltó una carcajada ronca.
—¿Y quién es tu nueva amiga, Kraiven? —preguntó, escupiendo el nombre como si fuera una broma interna.
El calor de la respiración de mi captor me rozó la nuca antes de que respondiera, su voz grave vibrando como un tambor de guerra.
—Una hembra que necesita que le rompan el espíritu —gruñó, casi con deleite—. La traje para que disfruten el espectáculo.
Su siguiente frase cayó como una roca en el silencio tenso que lo rodeaba.
—Cuando termine con ella, cualquiera de ustedes podrá montarla y comprobar si es fértil. Al parecer en el laboratorio no llegaron tan lejos.
Bueno, ahora ya sabía para qué nos acostaron en esas camas extrañas.
La jauría de Bersakers respondió con risas ásperas, un sonido que raspaba los oídos como garras sobre una pizarra. Varios Bersakers se desprendieron de la penumbra, acercándose con una mezcla de expectación y hambre.
Kraiven me empujó con un golpe seco en la espalda, obligándome a avanzar entre ellos.
—Muévete —murmuró cerca de mi oído, su aliento ardiente impregnado de sangre y metal.
Atravesamos la multitud mientras las miradas se clavaban en mi piel como agujas. Algunos me observaban con una fascinación malsana, relamiéndose los colmillos mientras sus ojos brillaban con una promesa que me revolvió el estómago. Otros, en cambio, ni siquiera se dignaban a mirarme, como si no mereciera su atención.
Al final de aquel espacio sofocante, un pasillo estrecho se abría como un túnel de sombra. Más allá, distinguí una estructura circular: una versión reducida de la arena del Coliseo.
—Camina al centro —ordenó Kraiven, su voz profunda y áspera como grava.
Lo miré por encima del hombro. Su sonrisa torcida era puro desafío. No dije nada; simplemente avancé. El suelo crujía bajo mis botas mientras me internaba en aquel círculo.
Cada paso que daba parecía arrancar un rugido ahogado de las gradas.
A mi alrededor, los Bersakers comenzaron a dispersarse, ocupando los bordes como si fueran buitres esperando a que mi cuerpo cayera. Sus risas roncas rebotaban contra las paredes.
—Mírenla, qué carita tan bonita —se burló uno.
—A ver cuánto dura después de enseñarle modales —añadió otro, relamiéndose los colmillos.
—Yo quiero ser el primero en probarla cuando termine de jugar —gritó un tercero, y las carcajadas que siguieron no me inmutaron.
No respondí. No fruncí el ceño. Solo los miré, uno a uno, hasta que algunos apartaron la vista.
Kraiven entró en la arena conmigo y dió un par de vueltas a mi al rededor.
—Hoy estoy de buen humor —anunció, su voz retumbando por encima de las risas—. Así que te daré un honor que casi nadie recibe.— Bajó la barbilla, sus ojos brillando como cuchillas. —El primer movimiento… será tuyo.
Finalmente se detuvo en el centro de la arena y, con una sonrisa que era puro veneno, alzó una mano para invitarme a acercarme.
—Vamos, hembra. Atácame —gruñó, flexionando los dedos como si ya pudiera sentir mi garganta entre ellos.
Lo estudié en silencio: el ángulo de sus hombros, el peso repartido en las piernas, la ligera tensión en los brazos. Cada músculo gritaba fuerza bruta, pero también arrogancia. Esa era la grieta.
Avancé despacio, midiendo cada paso.
—Aquí —señaló con un dedo el costado de su cara, ladeando la cabeza con burla—. Enséñame de qué eres capaz.
Cuando estuve a una distancia justa, fingí inclinarme hacia el golpe que él esperaba. Mi brazo se alzó como si fuera a partirle la mandíbula… pero a mitad de recorrido giré la cadera y lancé el verdadero ataque.
Mi rodilla se hundió con precisión quirúrgica en las joyas de la corona.
Kraiven tardó un segundo entero en comprender. Un segundo en el que su mueca de superioridad se congeló, antes de que un gruñido ronco le arrancara el aire. Cayó de rodillas, acunando sus partes con los colmillos apretados y los ojos encendidos de furia.
—A la m****a con la lección —escupió entre jadeos—. Vas a morir por tu pequeño truco.
Las carcajadas y los gruñidos de los demás Bersakers retumbaron en la arena como un tambor de guerra, cada sonido cargado de una excitación brutal.
—¡Mírala! —rugió uno desde las gradas—. ¡Gatita con garras, quiero probarla después!
—Guárdame un pedazo —chilló otro, riendo como un desquiciado.
No les regalé ni una mirada. Las garras se extendieron de mis dedos con un chasquido metálico. Kraiven seguía encorvado, un brazo protegiendo su entrepierna, pero sus ojos no me abandonaron ni un instante. Ojos que parecían querer quitarme la poca ropa que tenía encima.
Apreté los dientes, apunté directo a su cráneo y lancé un zarpazo descendente.
El movimiento fue rápido, letal… pero él rodó hacia un costado, esquivando por un suspiro de tiempo. La punta de mis garras rozó el suelo, levantando chispas contra la roca debajo de la fina capa de arena.
—Te subestimé… —su voz salió grave, rugosa, mientras se incorporaba con un movimiento de bestia acechante—. Ahora es tiempo de la muerte.
Antes de que pudiera reacomodarme, Kraiven se impulsó como un proyectil. La arena crujió bajo su peso mientras su cuerpo entero se lanzaba contra el mío, una avalancha de músculo, furia y colmillos dispuestos a destrozarme.







