Capítulo 16.

Observé a los lobos levantar las batas de las hembras recostadas y "tocar" con auténtica alegría en sus rostros sus intimidades.

Cuando se acercaron a mí, uno de ellos me sujetó el brazo y otro preparó la aguja. Sentí el pinchazo rápido, la presión de la sangre que corría hacia el frasco. Hasta ahí, nada que no pudiera soportar.

Pero cuando intentaron levantar la bata áspera que nos daban de ropa, gruñí desde lo más profundo del pecho. El sonido retumbó en la sala y se mezcló con el zumbido de las luces.

—Pónganme una sola mano encima —advertí, la voz baja y afilada—, y les arranco los brazos.

Los dos lobos se tensaron al instante. Uno se apartó medio paso; el otro sostuvo la aguja en el aire, indeciso. El olor de su preocupación se filtró en el aire, un matiz agrio que casi me arrancó una sonrisa.

No duró.

El Bersaker que había mandado a volar a la loba —que aún seguía sobre el suelo— se abrió paso entre ellos como un muro viviente, el calor de su cuerpo aplastando el poco espacio que quedaba. Se inclinó hasta que su hocico quedó a la altura de mi rostro y me gruñó tan fuerte que me vibraron los huesos.

—Quédate. Quieta. —Su voz era un chasquido áspero, cargado de promesa—. O tendré el placer de someterte yo mismo.

A la m****a.

Me había cansado de todos estos lobos. ¿Matarme de hambre? Lo aguanto. ¿Amenazarme? Por favor, una ardilla con rabia podría aterrorizarme más. ¿Tocarme en un aspecto que nada tenía que ver con la lucha? No. Nunca más nadie volvería a tocarme sin mi permiso.

De lo único que me arrepentía era de no haber podido sacar a mi cachorra de aquí. No temía por su vida en un futuro inmediato ya que, por lo que sabía, a las cachorras nacidas aquí se les llevaba a otra parte para ser criadas sobre cómo cocinar durante sus primeros años y cómo atender bien a los machos cuando llegan a cierta edad.

Sabía que solo tenía un tiempo determinado para salir de aquí con ella antes de que me la quitaran y lamentaba no poder soportar que me tocaran incluso si de eso dependía un día más estando juntas.

Lo miré directo a los ojos, estrechándolos hasta que apenas quedaron rendijas.

—Deja de soltar ese fétido aroma en mi cara —dije con calma, cada palabra un golpe—, antes de que deje de ser una buena osa.

Un silencio pesado cayó sobre la sala. Pude sentir el cambio en el aire: los lobos conteniendo la respiración, la tensión eléctrica que antecede a una pelea. El Bersaker no se movió, pero sus ojos brillaron con una chispa de advertencia… y algo más, como si aquella amenaza mía hubiera encendido un fuego que ni él esperaba.

—Su archivo —gruñó él, tan cerca que sentí el calor de su aliento.

—E-es… ella es nueva, no tenemos un archivo todavía —balbuceó uno de los lobos, la voz temblando como una cuerda a punto de romperse.

El Bersaker sonrió, una mueca lenta y peligrosa que dejaba ver el brillo de sus colmillos.

—Perfecto —Su tono goteaba malicia—. Desátenla. La llevaré a dar un paseo.

—P-pero… aún no sabemos si es una hembra fértil. La instrucción es que todas las nuevas deben…

—Me importa una maldita m****a —El rugido cortó la frase en seco, vibrando en las paredes metálicas—. Reproductoras sobran.

Se inclinó un poco más, los ojos clavados en los míos como si ya me hubiera encadenado con la mirada.

—Pero un espíritu que todavía muerde… eso casi no aparece. Y no voy a dejar pasar la oportunidad de domarlo.

El silencio que siguió fue tan denso que casi podía masticarse. Los otros lobos se miraron entre sí, divididos entre el miedo a desobedecer y el terror de enfrentarse a él.

Uno de los lobos tragó saliva con un sonido húmedo y dio un paso al frente. No dijo nada; simplemente bajó la cabeza y comenzó a soltar las correas que me sujetaban. Sentí el cuero ceder una a una, hasta que el último broche chasqueó en el silencio.

Antes de que pudiera moverme, una garra áspera se cerró alrededor de mi cuello. No me apretaba lo suficiente para cortarme el aire, pero la amenaza era clara. Su fuerza me levantó de la camilla como si fuera un simple saco de carne.

El Bersaker no dijo nada. Me arrastró hasta la puerta con la misma facilidad con la que se arranca una rama muerta de un árbol. Los otros lobos se apartaron como si él cargara fuego.

El pasillo me recibió con un aire más frío. Solo entonces me soltó, empujándome hacia adelante con un gruñido bajo.

—Levántate —ordenó, la voz tan áspera como su agarre—. Camina.

Me enderecé sin prisa, frotándome el cuello. No hice ningún movimiento brusco. No porque temiera a su fuerza… sino porque sabía que lo inevitable estaba por venir.

Un enfrentamiento.

Y para eso, necesitaba cada gota de energía intacta.

Escuché, detrás de nosotros, el golpeteo apresurado de alguien más saliendo de la habitación. El ritmo cambió en cuestión de un par de pasos: el chasquido húmedo de huesos alargándose, el desgarro de la piel cediendo. Un lobo había decidido transformarse por completo. El eco de sus patas contra el suelo se alejó con rapidez, perdiéndose en la dirección contraria.

El Bersaker que me escoltaba ni siquiera giró la cabeza. Solo aumentó el paso, arrastrándome por un laberinto de pasillos que no reconocía.

Doblando una última esquina, emergimos en un espacio amplio iluminado por lámparas altas. Allí, decenas de Bersakers ocupaban el suelo como una jauría en reposo. Algunos estaban en su forma híbrida, otros completamente transformados, las garras y colmillos brillando a la luz artificial. Sus ojos, amarillos o rojos, giraron al unísono hacia mí.

La presión de tantas miradas era como una mordida invisible. Me mantuve erguida, sin bajar la vista. Si mostraba debilidad, ellos lo olerían de inmediato.

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