DALTON
El restaurante era una joya del exceso a los que estaba acostumbrado. Lámparas de cristal, meseros con guantes blancos y una carta tan grande que podría servir de paracaídas. Lía y yo entramos fingiendo que estábamos en una cena relajada, aunque todavía olíamos un poco a gasolina y a aventura clandestina por seguir a mi mamá. Elegimos una mesa al fondo, estratégicamente ubicada cerca de una columna, desde donde teníamos la vista perfecta para espiar sin ser vistos.
Debo admitir que mi ma