LÍA
Cuando Dalton y yo salimos de la habitación, lo hicimos como dos ladrones que creen que nadie se ha dado cuenta de lo que hicieron. Pero bastó un vistazo a la sala para saber que no teníamos escapatoria. Habían escuchado como Dalton me había destrozado en la cama.
Ahí estaban las tías, Amanda e incluso Diego, todos sentados, mirándonos con sonrisitas que decían mucho más que mil palabras. Esa clase de sonrisas que solo tienen los cómplices cuando saben exactamente por qué cerraste la puerta