LÍA
Miré por la ventanilla. Las luces bailaban, el viento me despeinaba y las lágrimas seguían cayendo, pero ya no por miedo, sino porque por fin podía respirar. Era libre. Libre de mi papá, de John Douglas, de todos los secretos y las trampas, de todo lo que me había retenido desde niña.
Dalton giró en una avenida secundaria, acelerando un poco más, como si corriéramos una carrera contra el destino. Me reí entre lágrimas, con la risa aguda de alguien que acaba de sobrevivir a un huracán y toda