LÍA
Llegar a Charlotte fue como salir de un túnel oscuro y encontrarnos, al fin, bajo la luz cálida de la libertad. Dalton no quiso perder ni un minuto más. Reservó la mejor cabaña del complejo nupcial, una habitación acogedora con paredes de madera, enormes ventanales y una cama tan grande que parecía un altar para dioses del deseo. Afuera, el bosque susurraba, y adentro, el aire vibraba de ganas contenidas y promesas incumplidas.
Pero antes de dejarse llevar por el vértigo de nuestra libertad