LÍA
El restaurante estaba vacío a esa hora de la tarde, reservado para quienes podían pagar la privacidad. Las paredes estaban tapizadas de madera oscura, con ventanales altos que dejaban entrar una luz dorada, y los meseros se movían en silencio absoluto, como sombras entrenadas para no perturbar a los clientes.
Le había dicho a mi esposo que tendría una "cita" con John Douglas. Obvio, enloqueció, dijo un montón de palabrotas y maldiciones, pero sabía que todo era por una causa. Deseaba que es