LÍA
No podía dormir. El cuarto estaba sumido en esa penumbra tibia que deja la lámpara encendida en el buró, y el silencio era tan denso que podía escuchar el golpeteo de mi propio corazón contra las costillas. Me había tumbado en la cama, con el cabello revuelto sobre la almohada, pero cada vez que cerraba los ojos veía su rostro. Dalton.
Mi esposo. El hombre que me pertenecía y que aún no había podido tener como lo deseaba.
La llamada corta que acabábamos de compartir no había hecho más que e