LÍA
La mesa estaba servida con toda la ostentación que recordaba de mi infancia: copas de cristal alineadas, cubiertos de plata que brillaban bajo la luz cálida de la lámpara colgante, platos de porcelana impecable. Todo tan perfecto que dolía, porque yo sabía que debajo de ese lujo no había hospitalidad, sino un campo minado.
Me senté justo frente a John Douglas. Lo hice despacio, con la delicadeza de quien sabe que cada gesto es observado y juzgado. Él me sostuvo la mirada desde el primer segu