DALTON
La vi caminar hacia la entrada del hotel como si la alfombra fuera suya. Lía no caminaba: desfilaba, reinaba, provocaba. El vestido negro ceñido, su perfume que aún me tenía de rehén, y esa sonrisa de medio lado que prometía y amenazaba al mismo tiempo. Era una bomba envuelta en encaje, y yo tenía el listo el encendedor para incendiarlo todo.
— Porque me hace falta darte la siguiente clase con la bendita lencería que traes debajo.
¿Lo dije en voz alta? Sí ¿Me arrepentí? Ni lo mínimo estab