LÍA
Deslicé mis manos sobre el barandal mientras bajaba las escaleras. Cada peldaño resonaba como la cuenta regresiva de un gan espectáculo. El vestido blanco arrastraba un murmullo de seda, y mis tacones repicaban con la cadencia de un ejército en marcha. Y entonces lo vi. John Douglas estaba en el vestíbulo, de pie, esperándome. Su sonrisa era la de un hombre que cree que ya ganó antes de empezar.
La seguridad en su porte era tan repulsiva como magnética, y lo odié por ello. Me detuve unos seg