LÍA
Me acomodé en la silla frente a Dalton con toda la calma del mundo, cruzando las piernas como si fuera CEO de mi propia empresa de sarcasmos, y no su asistente en bancarrota emocional y financiera.
Extendí el contrato sobre la mesa, lo abrí con parsimonia y, con una pluma en la mano y mi mejor tono de “abogada con doctorado en poner incómodos a los hombres arrogantes”, comencé a leer en voz alta.
— “Besos de nivel uno o dos. Caricias ligeras. Miradas significativas. Clases de seducción tres