DALTON
Desde mi oficina, tenía la vista perfecta del escritorio de Lía. Habíamos regresado a trabajar después de la plática de nuestro contrato y de haber firmado nuestros compromisos. Ella se estaba volviendo mi pequeña obsesión matutina: observarla sin que lo notara. Ver cómo se acomodaba en la silla, cómo fruncía el ceño cuando algo no le salía, cómo se mordía el labio cuando leía un correo que la sacaba de quicio. Era como ver una película en vivo, una que me tenía estúpidamente enganchado.