Nicolás Ortiz
Pasé la mitad de la noche destrozándome los nudillos contra el saco de boxeo de mi gimnasio privado, buscando una fatiga física que nunca llegó. A las tres de la madrugada, todavía tenía la maldita secuencia repitiéndose en bucle detrás de mis párpados: García en el baño, en mi escritorio, derramándose bajo mi lengua, rompiéndose en mis dedos... y luego, esa transformación. En diez segundos, la mujer que me había rogado llamándome «Nico» se había esfumado, dejando en su lugar a un