El laboratorio de Thorne en las entrañas de la Ciudadela olía a ozono y a sangre metálica. Julian Vance estaba encadenado a una mesa de examen, no por castigo, sino por seguridad. Su brazo izquierdo, desde el hombro hasta las puntas de los dedos, ya no era carne y hueso. El cristal negro que el Conservador le había inoculado se extendía como una infección geométrica, reemplazando sus venas por filamentos de luz violeta y su piel por placas de obsidiana traslúcida que latían con un brillo rítmic