La Ciudadela de Argentia Magna había dejado de ser un hogar para convertirse en una galería de arte fúnebre. Bajo el resplandor de los obeliscos de los Arquitectos, el tiempo parecía haber cristalizado. Los ciudadanos, en mitad de un grito o de un abrazo, permanecían como estatuas de mármol blanco, con sus expresiones grabadas en una perfección gélida. Julian Vance caminaba entre ellos, su capa de sombras arrastrándose sobre el suelo de piedra como un animal herido.
Cada paso de Julian era una