El Telar de la Eternidad rugía. No era un sonido físico, sino el lamento de la realidad misma siendo devorada. Al clavarse su propia espada, Julian Vance no buscaba el fin, sino la liberación total. Su sangre plateada, cargada con siglos de sufrimiento, ambición y amor, se filtró en las grietas del palacio de seda, actuando como un virus de identidad que el sistema de los Tejedores no podía procesar.
—¡¿Qué has hecho?! —rugió el Clon, retrocediendo mientras su armadura de seda empezaba a mancha