La ciudad de Nueva York ya no era una metrópolis estadounidense; era una anomalía geográfica que latía con una luz plateada visible desde la órbita lunar. Tras la derrota de la Orden de la Llama Eterna, un silencio sepulcral se había apoderado de los cinco distritos. Los ciudadanos humanos caminaban por las calles con la mirada baja, no por miedo al látigo, sino por la abrumadora presencia de algo que no comprendían. El aire en Manhattan era más puro, más frío, cargado con la estática de la vol