El amanecer en Manhattan no trajo la calidez del sol, sino el fulgor frío de la guerra santa. Mientras la familia de Plata intentaba consolidar su dominio sobre la ciudad, una nueva sombra, más antigua que la Fundación y más despiadada que los brujos, se cernía sobre los puentes de la isla.
Eran los Cazadores de la Orden de la Llama Eterna. Durante siglos, se habían ocultado en los monasterios subterráneos de Europa, esperando el momento en que los "no muertos" se atrevieran a reclamar un trono