La ciudad de Nueva York ya no pertenecía a los hombres, ni a las máquinas de la Fundación Prometheus. Bajo el domo de interferencia de Alistair, la metrópolis se había transformado en un laberinto de sombras alargadas y destellos plateados. El aire sabía a ozono y a sangre antigua.
Desde la azotea del Nido de Plata, Julian observaba el despliegue. No necesitaba radios ni satélites; su vínculo de sangre con los clanes de vampiros que ahora patrullaban las calles era más rápido que cualquier red