El Reino del Nadir se estaba desmoronando. Las naves de los Otros, frustradas por la resistencia de Julian y Caleb, habían comenzado a disparar rayos de torsión molecular contra la Ciudadela de los Ecos. Las murallas de obsidiana, que habían resistido eones de soledad, se resquebrajaban como porcelana barata. El aire, si es que se le podía llamar así en ese vacío, ardía con una estática violeta que hacía que la piel de Amelia hormigueara de una forma insoportable.
Dentro de la cámara del trono,