El regreso al Nido de Plata fue un borrón de luces de neón y sirenas distantes. El ático, con sus techos altos y su silencio sepulcral, nunca se había sentido tan pequeño como cuando Amelia cruzó el umbral. Ya no caminaba; se deslizaba, y cada uno de sus pasos parecía dejar una estela de estática que hacía que el sistema eléctrico del edificio gimiera.
Valerius se despidió con una inclinación de cabeza, sus ojos fijos en Amelia con una mezcla de reverencia y una sospecha que no intentaba oculta