La luz del amanecer golpeaba los ventanales del ático con una insolencia que Amelia ya no temía. Se despertó antes que Julian, observándolo dormir bajo las sábanas de seda negra. Por un momento, la paz la envolvió, pero el murmullo constante en su mente —esa vibración sutil que era Ceniza— le recordó que el descanso era un lujo que ya no podía permitirse.
Se levantó y caminó hacia el espejo del vestidor. Su cuerpo ya no se sentía como una prisión de carne; se sentía como una vasija de energía p