El aire en el laboratorio de la Fundación Prometheus no solo estaba cargado de humo y ozono; estaba saturado por una presión gravitatoria que hacía que las luces LED parpadearan hasta estallar. En el centro del caos, la mujer que una vez fue Amelia Vance permanecía de pie, rodeada por un aura que desafiaba toda lógica científica. Ya no era luz plateada pura, ni la negrura absoluta de Ceniza. Era algo intermedio: un resplandor de mercurio líquido con bordes de color violeta eléctrico.
Julian dio