El aire en el ático del Aethelgard aún estaba cargado con el rastro de la energía plateada. Amelia se había envuelto en una bata de seda negra, mientras Julian, con el torso desnudo y las marcas de la batalla —y de la pasión— aún visibles en su piel, vigilaba el ventanal. El silencio era tenso, roto solo por el zumbido de los sistemas de filtración de aire.
De repente, el ascensor privado emitió un pitido. No hubo explosiones, ni asaltos ruidosos. Las puertas se deslizaron con elegancia, reve