Valerius se encontraba en el santuario privado de su refugio subterráneo, una estancia recubierta de mármol negro y protegida por sellos rúnicos que bloqueaban cualquier interferencia externa. Frente a ella, una serie de monitores de alta definición y espejos de obsidiana proyectaban imágenes captadas por las cámaras ocultas y los sensores psíquicos que ella misma había instalado en el ático del Aethelgard.
Lo que estaba viendo no era solo una derrota estratégica; era una profanación de todo lo